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1/6/09

la Rompeplatos


-¡Que si mamá! que es el verde, el que tiene lo que raspa por un lado, y la esponja por detrás, ¡ya lo se!... El que tiene la forma como redondeada, no, ese no, el otro, el cuadrado. ¡Que no soy tonta, que estoy harta de velo en la cocina. Le decía su hija aguantando la puerta entre abierta de la calle, a su mamá, Laura Lía Luciana la triple “ele”, según su marido cuando la quería cabrear. La niña cerró la puerta resoplando, como diciendo: siempre lo mismo ¡que pesada! Laura Lía Luciana, Mujer que rompía platos, con tal facilidad, como adjetivos incalificables, suelta la boca de un comentarista deportivo en una tarde de domingo. Se reía sola Laura Lía Luciana de las cosas que le pasaba a ella, se reía mientras fregaba los cacharros con su delantal de plástico con la Daysi, la novia de Mickey Mouse, pintada en la pechera, llegó una vez a pensar seriamente, si ir al médico, es decir al psicólogo, por que eso sería cosa de esa especialidad. Pero que ella era normal, ¡vamos, de eso estaba segura! ¡a ver! casada, con una hija, un marido trabajador y dando perejil a la vecina cuando venia (que era muchas las veces que lo hacía y no solo ya, por el perejil) ¡Esa! si esa vecina, ¡la misma! por la que aquel viernes se dejó convencer, sí, por la pedigüeña de María Pía, que así se llamaba, y entró por primera vez en su vida a un sex shop, por que a María Pía le daba vergüenza entrar sola, o con otra que no fuera ella. María Pía,¡que contradicción de nombre, pera una mujer tan despendolada.
Al final salieron de la tienda igual como entraron: con risa nerviosa de vergüenza, por si se encontraban con algún conocido o conocida. -¿y eso era malo? No, ¿No? ¡Ea! se decían ellas misma para auto convencerse de la naturalidad, que eran ya estos establecimientos, en cualquier ciudad moderna. Laura Lía Luciana compró un pene de silicona de color rosa insultante y unas bolas chinas de las que hace ya mucho tiempo, oía hablar. María Pía compró el mismo pene, es decir: el mismo modelo, pero en negro y una talla algo mayor, o al menos eso parecía debido al efecto óptico. Riéndose de las cosas mas tontas que comentaban entre ellas, se alejaron avenida arriba y entraron en el Mercadona, para comprar sobre todo champú, desodorante, pero sobre todo ,calcetines por que a la niña ya le hacia falta algunos, la puta lavadora tenía la costumbre de comerse uno de vez en cuando, y no había manera de recuperarlos, ¿donde coño se meten los calcetines? Eso si que es un expediente “X” Al salir del establecimiento, pitó la alarma, esa especie de columnas enfiladas en horizontal, encendió unas lucecitas rojas, pero no le hizo caso, por que al entrar sonó también.-¡Oiga señora! Sonó una voz autoritaria pero educada al mismo tiempo.- ¿Me enseña por favor la compra y los tickets de caja? mas que una pregunta era un imperativo, ella roja, de vergüenza y nerviosilla le dijo que si, abrió las bolsas de plástico y le enseño la compra. -¿Ve? aquí está y estos son los tiques que están ahí abajo de los calcetines. Decía ella al segurata de los cojones (esto lo pensaba ella) acomodándose el bolso debajo del sobaco, bolso grande con dos aros amplios a modo de asas.-¡Sí, sí, sí, ¡eso esta bien! pero a sonado por algo que hay dentro del bolso. Las rodillas no le sostenían de pie, y la frente le sudaba de momento, queriendo controlar la situación, trataba de explicarse diciendo que no había nada robado, pero ante la impertérrita actitud del sabueso cabrón ( eso pensaba Laura Lía etc.) no tubo mas remedio que abrir el bolso y mirarlo bién visto todo hasta que el cabronazo de chaqueta amarilla se convenciera, que lo que sonaba era una pegatina metalizada en una cajita de pastico luciendo un hermoso pijote ortopédico, que en el único sex shop de toda la zona donde lo adquirió, no le habían quitado el reclamo alármico (palabra que se me ha ocurrido a mi, ahora mismo). La gente de alrededor, que en estos casos haberlas las hay siempre, eran de todo tipo: quienes se reían del caso, hasta quiénes se compadecía de la pobre mujer en esa situación, y que no sabía donde meterse, pero que cuando encontrara el lugar adecuado, lloraría tremendamente, eso lo sabía ella que lo haría ¡digo!.
El marido no cesaba de reír cuando Laura Lía Luciana, le contó la desventura, el muy imbécil se reía, en vez de compadecerla se ría, el tonto, que eso que es lo que era, ¡tonto! Y monótono en la cama, monótono como lo es el fregado después de cada cena, de cada comida, monótono como pasar el cepillo diariamente a la casa. Ni siquiera tuvo la delicadeza que agradecer ese gesto de valor, de desinhibición que ella, ¡mujer casada!, quiso aportar una novedad a las relaciones sexuales, ¿pero donde se ha visto que un hombre sea agradecido con su mujer? Encima del sofocón del súper, de la risa tonta, insultante diría ella, el marido quería probar lo novedoso del juguete sexual,”Pepito” lo llamó el muy iEn fin! Sin saber como, ella accedió porque, desde luego no estaba para ese humor esa noche precisamente.
¡A ver!, seguro que le has puesto las pilas al revés, por que las mujeres para eso no aprendéis nunca. Decía su marido.-Pues mira tú aquí el ingeniero éste, que a lo máximo que ha llegado hacer en casa, es cambiar una bombilla. Eso es lo pensaba ella pero no lo decía solo le miraba como manipulaba el juguete erótico, como tocaba y retocaba, lo miró y remiró, hasta que como en el cuento del burro flautista, aquello sonó como una avispa en un cucurucho de papel, y vibraba.-¡Je, je! rió él todo resuelto, y satisfecho con su pequeña ración de ego. -¡Si! ¡Si, ya está… ¡Pues no! Esto otra vez se ha parado. Dijo ella cansada del puto chisme. El artefacto de silicona rosa imposible, pasaba de mano en manos de la pareja como la escoba en el baile, del concurso en la verbena del barrio. ¡Pues déjalo ya! mañana lo descambias y que te den el dinero. Propuso su marido (mas que propuso: impuso)- ¿Yo? ¿Y porque yo, y no tu espabilado?-¡Eso! Me presento allí y le digo ¡buenas! Que mi mujer compró este pijote de goma y no funciona. ¡Ala! Espetó sabiendo que mejor excusa no había, para librarse del engorroso encargo.- ¡Shissssss! La niñaaa… avisó en voz baja, pero con energía.
¡No! no había toallas en los percheros, eso no era nuevo, ¡que va! eso era un día no y otro día también no. A tientas buscó algo con que secarse, y lo halló, al menos se secó la cara con la sudadera que encontró sobre el bidé. En el ultimo de los tres cajones de esa hilera, el único cajón que le dejó su mujer de los seis, buscó los calcetines, que parecieron saludarles felices al abrirlo, saliendo por fuera como unos muelles, de lo apiñados que estaban, todos desparejados claro está. En la puerta metían prisas, todos los días la misma escena, casi el mismo diálogo, y en la cocina el olor de siempre a tostada casi quemada. Por el patio de luz del bloque, se oía al cabronazo del perro del no menos, cabronazo vecino, que ya lo dejó encerrado, por que él, tanto como su señora esposa (¡que asco de tía!) siempre tan estirada, ya habrán salido a trabajar. A cada timbrazo de llamada en el portero automático, bien sea del cartero, del de la publicidad de los cojones, o de quién se le ocurra tocar los botones del aparato, el perro ladra, pero no es ladrido suave, ¡no! son de esos que suenan graves, que si estás cerca del chucho, te vibran en el estomago como el retumbar de los tambores de Calanda. Antes de salir de casa, sonó el ¡tangaling! ¡crass! de otro plato, u otra fuente o lo que quiera que fuese echo de vidrio o porcelana, eso indicaba rotura de una pieza de la vajilla, ésa onomatopeya, era muy conocida por él, ¡bueno! por él y por todos los inquilinos del piso. No había manera de comer un día, con todas las piezas a juego, esa mesa era lo equivalente a la ONU, solo que, en lo tocante al menaje de hogar, había piezas de todo los colores. Antes de cerrar la puerta dijo:- ¡Adiós, me marcho al trabajo! Y como no esperaba respuesta de despedida, cerró bajando las escaleras, sin molestarse en averiguar si funcionaría el ascensor. ¿Para que? Seguro que estaría estropeado como casi siempre. -Así hago ejercicio. Se decía para auto consolarse.
Desde su portal al gimnasio, habría escasamente, trescientos metros, ¡si! Mas o menos, y ni uno solo, se le escapó, los vio todos, todos los culos de señoras que enfundadas en sus mayas, de marca por supuesto, fueron visionados y catalogados por él. Los clasificaba por categorías: éste respigón, aquel de allá escuchimizado. El otro de allí, caído, este de aquí este de aquí, ¡mmm madre mía! ese que hermoso culo ese si que…Pensaba en su catalogación culera. -¡Quillo! A donde vas tan pensativo, hombre, saluda a la gente. Le dijo un conocido, porque éste no era amigo, solo conocido, -¡Buenos culos ¡digo… buenos días, voy al trabajo, no como tú, Que desde que entraste en la empresa esa, has cogido la baja laboral catorce veces. Respondió, cansado ya de verle tantos días de esquinero, catalogando tetas, por que a éste, lo que le gustaba más eran las tetas.
Su jefe del almacén de ferretería, no le puso ninguna pega, claro que no sabía exactamente para que necesitaba media hora, o tres cuarto. Por que la excusa que le dio a su encargado, fue, que acompañaría a su mujer ha hacerse una resonancia magnética, que a ella le daba cosa ir sola.Entro en el sex shop, y de manera muy tímida y en voz baja, muy baja, le dijo a la dependienta que ese chisme no funcionaba bien, que le devolviera el dinero o que le diera otro. Se lo tuvo que repetir de nuevo, por el pudor no le dejaba vocalizar bien. La dependienta, ¡que nones! Que lo probaron allí, que allí se prueba todos los artículos antes para evitar eso, precisamente ¡Y que no! Además eso ya estaba usando, que como eso es cosa muy intima, no iba ha aceptárselo. –Pero… pero como vamos a saber, si esto funciona bien, si no lo usamos señora! Ya, las venas del cuello se le empezaban ha hinchar, y la voz le subió dos tonos, o tres. Al ratito, entró un negro en camiseta negra de tirantas, que no podía retener una exagerada musculatura, pendiente en la oreja izquierda, y un hombro amplísimo, tatuado, mirando por las estanterías como el que entró allí en la tienda, por casualidad, -¡Vamos hombre! Pensaba el marido de la rompeplatos. No sabía disimular nada ese matón de portero de discoteca. ¡Eso si! No dijo nada el hombre, ni mú. Exigió una hoja de reclamaciones, se la dio la dependienta previa llamada telefónica al dueño. -¡Ya verán ustedes, por que cuando yo me pongo, me pongo! Y conozco mis derechos. Amenazaba ese hombre con toda razón, ¿Cómo se sabe, si un juguete o lo que sea, funciona bien si no se usa, si no se utiliza? Calle abajo con el juguete erótico envuelto de mala manera en una bolsa del El Corte Ingles, para disimular, bajo el brazo, pensaba: - ¿Cómo coño voy yo a llevar una hoja de queja a la Oficina Consumo? _¡Miren ustedes!, traigo un pijote de goma que no me funciona, y no me lo cambian por otro en la tienda donde lo compré, ni me devuelven el dinero. ¡Pues menuda chufla, se montarían a mi costa! Sus pies como parte autómata de su ser, le llevaron de vuelta al trabajo.
Toda, pero lo que se dice toda la culpa, la tuvo esta vez, el reponedor del súper. Sí, ¡porque a ver! ¿A quién se le ocurre poner esa pirámide de latas de piñas en rodajas, de por lo menos tres metros de alta, casi en la esquina? ¿he? pues al él, al niño del súper que está en la edad del choco, la del pavo que se dice por ahí. Algunas latas rodando llegaron hasta la cajera, que no disimulaba su risa, al ver el desaguisado. Todo el suelo del pasillo, estaba de latas de piñas desparramadas tanto a lo ancho como a lo largo, el impacto del carrito que ella empujaba con prisas, fue lo suficiente como para no dejar mas, que el escombro, de lo que hacía unos minutos antes era una artística torre enlatada y amarilloide que anunciaba la oferta de la semana. Laura Lía Luciana se llegó a preguntar en ese momento, ¿Qué hago las recojo? ¿O me hago la cliente ofendida? giraba la cabeza mirando a todos y a todas las presentes, que igualmente la miraban a ella,¡joder cuanta gente! pensó y trataba de darse a entender, sin pronunciar palabra alguna, solo encogiéndose de hombros, y sintiendo calor en su rostro, ese calor que delata tu sentido del ridículo, viendose a si misma como en el fotograma de una escena cómica. Ni las frases hechas a las que solemos recurrir, para estos casos, fue suficiente para soslayar las entupidas risitas de alguien, que no pudo o no quiso saber quien era.
La niña se reía, ¡si, ya ves! No sabia casi sonarse la nariz aún y se reía, de lo que su madre contó durante la comida, su marido chicheaba pidiendo silencio por que no le dejaban oír las noticias, la del fútbol, claro está, en casa no se hablaba cuando se veia la tele, la tele se veia a cada rato,en esa casa el ¡Sssiss que no menterodeloquedicelatele! era la frase mas oida durante el dia.medio en clave Maria Lia hablaba en clve con su marido para que la niña no pillara el hilo del tema,-¿Descambiaste eso? El que? ¡ha! Si, si claro,pues menudo soy yo ¡vamos! ahí lo tienes en la habitación.

19/4/09

tatami de espartinas (segunda entrega)

      El taxi paró en la puerta, del maletero sacaron un paquete de considerables dimensiones, ante la impaciente emoción de Juanito, que abrió la puerta de la casa nunca fechada. Sobre la mesa del comedor, no cabía las cosa que Joaquín iba sacando, así, que lo dejaban sobre el suelo, sobre las sillas, y el muchacho de Madrid, sacaba cosas, muchas cosas dispares; ropa para su tía, libros de varios temas incluyendo los esperados y tan deseados por su pequeño primo, un casi diminuto tocadiscos "Philis", discos de Módulos, "The beatles","Lone Estar" y otras cosas.
   Juanito corrió a su habitación con sus libros de lucha japonesa, en tanto que su tía, le ayudaba a ordenar el cuarto donde él, se quedaría ese tiempo de vacaciones, una habitación pequeña pero acogedora, le pareció ayer por la noche, de blancas paredes encaladas, con unas cejillas de color azul oscuro, simulando el zócalo, que nunca tuvo.
Sobre una mesita cuadrada puso en marcha el tocadiscos pequeño, no sin antes, apartar el redondo y rechoncho despertador de cuerda y de horrorosa esfera azul, y ya los ye yés cantaban canciones de amor que nadie entendía, pero que todos tatareaban de manera inconsciente, de conocidas que les resultaban, al poco rato de oírlas. En la cocina, desde el  amplio patio, se percibía un apetitoso aroma a comida marinera seguro, que tía Leonor había hecho una cazuela de pescado y marisco. Pronto llegarían los primos del trabajo, y el almuerzo estaría listo, luego como era sábado, irían "con las fresquitas",a pasear en moto él y su primo Manuel, por el puerto para ver los barcos.

   No tuvo mas remedio que desabrocharse la correa, allí, en casa de sus tíos, o se comía muy bien, o a uno le entraba apetito, a causa de la cercanía del mar, talvez fueran las dos cosas a la vez.
   La modorra le hizo dormirse un rato echado sobre la cama, una vez espabilado de la pequeña siesta, pero sobre todo, después del café, buscó a su primo Manuel. La Derby roja ya estaba preparada para galopar, su primo la había hasta lavado, y sacado brillo, para la ocasión. Joaquín se colgó la cámara de fotos réflex, enfundada de recio cuero, apartó el mecánico brazo del tocadiscos y calló la música saliente del negro y amplio circulo de vinilo.

   Ellos estaban agradablemente apoyados, sobre la negra baranda forjada de hierro, que delimitaba el precipicio del muelle de la ría, allí los barcos tan grandes, tan cercas, con esos colores, las banderas de pabellón, las gordísimas maromas que aseguraban desde proa y estribor a esas naves al puerto. Toda una sinfonía de luz, color y olores, olor a pescado, a mar, y sobre todo la sal, que incluso se dejaba sentir sobre la piel de los fuertes y desnudos brazos de los muchachos. La entremezcla de sonidos de los tenues oleajes, a veces rotos por el paso de las embarcaciones ligueras, las inquietas gaviotas, el sordo pero contundente ralentí de los motores, trasladaba a Joaquín a un mundo raro, pero tranquilizador al mismo tiempo, y como ya vivido, aunque él no recordaba casi nada de antiguas experiencias, a pesar de que él había nacido allí, en esa ciudad, y cerca y muy de ese  barrio. 
   Pidieron permiso a unos marineros de abruptas apariencias germánica, que faenaban sobre la cubierta de un buque de mercancías, para subir a bordo y poder así hacer algunas fotos, pero no solo se lo concedieron, sino que visitaron  las dependencias de aquel navío, de la sala de maquinas, a los camarotes, a la cocina, puente de mandos, etc. Toda una ilustrativa excursión marinera, que su experto anfitrión, su primo Manuel, explicando cada detalle en un argot muy característico. 

   Siguiendo la carretera flanqueada a ambos lados de palmeras, y girando hacia la derecha, llegaron a lo Astilleros Españoles, donde se construían los barcos. Se notaba una actividad industrial pujante en todo su alrededor. Según su primo, que era soldador en esa empresa y ya llevaba seis años, pues desde los catorce entró de aprendiz, nada mas dejar la escuela de primaria, que antes, le comentaba,  los barcos se hacían de madera, por los carpinteros de ribera, pero desde el año sesenta y siete, se construyen de hierro, y todavía, se recuerda el nombre del primer casco de hierro que se construyó, el "Ana de La Cinta",para ello tuvieron que venir gente especializada de Sevilla, y así, enseñar a los de aquí. Él ya era oficial, de segunda si, ¡pero oficial!, y eso era importante, por que de letras él, no entendía mucho, pero espabilado, si que era sí.
   Los dos primo a lomos de la motocicleta que era campeona del mundo muchas veces, (eso podía leerse todavía sobre el deposito), paseaban por la localidad parando de vez en vez, donde se les antojaban, para que el madrileño, de acento finolis hiciera fotos a cosas, que Manuel no le había prestado la más mínima a atención hasta ese momento: Los pequeños botes con sus velas plegadas o recogidas, los restos varados de las embarcaciones, o las barcas recoletas y ancladas a sus pesos  muertos, meciéndose suavemente, hombres sentados sobre la arena de aquella pequeña playa, cercana al puente de Santa Eulalia, cosiendo redes, pintando o metiendo estopa a la maderas de las futuras barcas, que se introducirían luego, en los caños de la bahía, llenos de vida, que eran el sustento de tantas gentes. 
Esas gabarras con nombres tan propios del argot marinero que sorprendía a este fotógrafo ocasional. Definitivamente estaba disfrutando de las vacaciones. Cuando ya la tarde comenzaba a imponer el ocaso, y éste, tornaba en rojizo cristal las aguas de la de la bahía, decidieron concluir la excursión.
  
 La mirada de Juanito, le recordó que aún tenían en pendiente unos magistrales actos de karate en el patio. Él le prometió a su pequeño primo que sería esa misma tarde, cuando hiciera un kata y alguna cosa mas, con un gesto de cabeza hacia el benjamín le aseguró, que cumpliría con lo pactado. Joaquín entro su cuarto, se echó sobre la cama para descansar un poco, al rato se quedó dormido.

   Talvez fueran las moscas o el sopor que trae consigo, la caída definitiva de la tarde, pero el caso, es que se despertó con los brazos sudados y la frente pegajosa, los pliegues de la colcha, le dejaron marcas lineales, sobre todo, se le notaban en la mejilla izquierda, la siesta había sido reparadora.
   Calentó unos minutos los músculos, con una breve gimnasia, hizo estiramientos y tomó una posición de alerta, con los puños cerrados ala altura de las caderas, luego, con extendió las manos abiertas sobre sus muslos, inclinando la cabeza a modo de un sumiso saludo, gritó ¡Jyuroku!.
   Sus movimientos eran fluidos y fuertes, a veces secos y penetrantes, se veía la potencia de los golpes al vació, un resuello que salía de sus pulmones de vez en cuando, un grito contundente, aparentemente espontáneo, que salió mas que de su garganta, de su alma, no de manera incontrolada, sino conciente.
Sus movimientos imprimía una energía devastadora que asombraba a Yabata, embelesado viendo al luchador, contra sus imaginarios enemigos, desde la puerta entreabierta que accedía al patio. Tan solo duraron unos treinta segundos, ese combate contra nadie. El karateca tomó de nuevo la posición de yoi y tras saludar reverencialmente inclinando la cabeza un poco hacia delante, soltó aire por su boca semi cerrada, de manera suave y se le oyó decir "uusss", volviendo así, a un estado de calma. 
   Volvió a repetir el saludo casi de sumisión y esta vez gritó ¡Bassai Dai!.
   Con fugaz velocidad se desplazaba de izquierda a derecha, de atrás hacia delante, girando rápido y parándose unas décimas de segundos, sus posturas daban el aplomo de un samurai, observándose el total control de sus movimientos, la sincronización de sus golpes al vacío, mostraba la fuerza de unas caderas entrenadas durantes mucho tiempo, dejando entrever una musculatura abdominal sorprendente. Para Juanito, la personalidad de ese primo, tan fino en el habla, e instruido, se desdoblaba en otro ser: fuerte, y vigoroso, que infundía respeto, cuando ejercía de karateca. 
Al terminar se le veía ligeramente cansado por la excitación del ejercicio.
- ¿Eso es un kata? 
-¡Aja!, si señor eso era un kata y lo otro, también. Respondió jadeante buscando aire- El primero se llama "Jyuroku" y el otro, "Bassai Dai", ambos  katas son denominados superiores. 
   Entró en la casa, dándose cuenta que había sido observado por  sus familiares, nadie dijo nada, pero esa situación a él, le denotaba la fascinación de ellos.
_ Voy a ducharme. Dijo casi ruborizado, al saberse admirado.

18/4/09

El hombre del paraguas color pistacho

                               El hombre del paraguas de color pistacho

Llegó a la conclusión que en la comida, se tiraba mucho dinero, mientras vaciaba los platos en el cubo de la basura, veía como medio filete de ternera, una fruta a medio comer, media Viena, y ensalada, casi sin probar, terminaría en el contenedor. 
Desde que se auto impuso la tarea de fregar por las noches, a raíz de no tener trabajo, pensó que a ese despilfarro había que ponerle freno, pero ¡ya! No era justo que mientras en otros lugares del planeta se morían de hambre, aquí, se tirase la comida tan impasiblemente, de manera tan indolora. Hizo un nudo a la bolsa de plástico que portaba impreso el nombre del súper del barrio, bajó las escaleras mientras llamaba al perro para que aprovechara el momento de bajar con él y así hacer sus cosas.
Perfectamente sabía que lo de la moralidad contra el hambre, era no mas, que una excusa muy bien avenida, para apretarse el cinturón todos .Desde ese día, tomaría medidas para corregir ciertos vicios, que aportaría menos derroche, y mas ahorro a la ya mermada cuenta bancaria le vino a la cabeza cambiar el té, por los cafés de las mañanas, de este modo, ahorraría leche ya que para la infusión, solo haría falta agua, y un poco de limón, al mencionar el amarillo fruto se ensalivó su boca. Con pocas cosas como esa, se adaptarían todos a la nueva situación, a la que cada vez se veían abocados cada vez mas personas por la puñetera crisis de la mierda.
Empezó cepillarse  los dientes como cada noche, pero esta vez, sin pasta dentífrica, a ver si era eso cierto, que lo de la pasta era una falsa necesidad creada por la industria, ¿o acaso los africanos que el había visto en Angola se aseaba la dentadura con pasta? no, tan solo con trozo de raíz, o sea con un palo que lo hacían jirones, hasta parecer una escoilla en miniatura, y menuda blancura tenían todos o casi todos. en sus bocas limpios y sanas se les veía a ellos, cuando reían. Tardó un poco mas de lo acostumbrado, y por eso tocaron a la puerta. apretó los dientes separó los labios y se miró en el espejo girando la cara de un lado a otro._¿Ves? ¡de lujo! se dijo así mismo.
Desde mañana ya no compraría el periódico, lo leería gratis, de esos que lo distribuyen en los supermercados y por algunas esquinas, total las noticias son las mismas, y con menos tonterías. eso si que seria un ahorro mensual ¡a ver! comprobó que el despertador estaba bien, aunque ya le daba igual que sonara a la hora que fuese, no tendría que ir al centro del trabajo. Su mujer le dijo lo de siempre cada vez que se acostaba de noche, aparte de la rutina, del cambio de ropa, la frase era la misma cada noche: _ No tardes mucho en apagar la luz... que si no puedo dormir. Apagó la luz.


_Pues hijo mío, puedes leer los periódicos atrasados, ¡anda que no hacen eso, cantidad de jubilados. A veces a su mujer le venia la lucidez, lo practico de la feminidad. A fin de cuentas lo que el leía era mas que las noticias, los artículos las opiniones y sobre todo Las Cartas al Director. Que a veces eran las mismas cosas que tenia ganas de decir, de quejarse, de exponer en esa plataforma, que no era apreciada como se debiera. Termino su tostada  echa de pan del día anterior, pues ya no pensaba tirar mas dinero a la basura, aunque siempre retocase a él bailar con la mas fea, poco a poco incitaría al consumo responsable a todos los miembros de su familia. Pero de momento daría ejemplo.
En el bar. de la esquina donde a veces tomaba las copas con los amigotes le dijeron que sí, que si podía llevarse los periódicos atrasados, con toda la generosidad del mundo el camarero es decir el dueño le daba la pila que estaba encima de los barriles vacíos de aluminio,  de la cerveza. pero el le dejó claro que solo vendría por el de ayer, el del día anterior_¡ Ha! Pues me parece que mi cuñado se los lleva por las noches, para echarle un vistazo, y luego lo trae por que la gente lo piden a veces para ver cosa del fútbol y esas cosas, ya sabes. Con un gesto entre frustración y agradecimiento se marchó.


En el umbral de la nostalgia se sentía, y no encontraba la razón, por que el día estaba soleado, y las hojas de los árboles las veía mas verde y brillante que nunca, a través de la ventana. No sabia por que pero, sentía una tristeza incipiente, que hasta le dejaba un mal sabor de boca, en cambio le apetecía oír música tristona. 
Para ocuparse del mucho tiempo que ahora disponía, se decantó por aprender italiano, con sumo cuidado sacó el long play, de su funda, lo miró y sopló para sacarle el poco polvo que tenia, mas bien era unas diminutas pelusillas que solo se veía, si se giraba el disco en dirección hacia la ventana y la luz mostraba su reflejo sobre el negro y brillante vinilo, donde  los surcos guardaban la voz de Sergio Endrino. Estaba solo en casa, le habían dejado solo en casa, toda una mañana para él, ¡que paz! Trastear entre las baldas de los libros, mirar los discos casi olvidados en las cajas de cartón, como le pasaba al arpa en el ángulo oscuro que citaba Bécquer.

14/4/09

El asesor

El asesor (primera entrega)


Se dio cuenta, al mirarse en el espejo que siempre comenzaba a afeitarse de la misma manera y en el mismo lado. Siempre comenzaba por el lado izquierdo, y pensó si a todos, les ocurría lo mismo. Seguramente sí, el hombre es animal de costumbres, e hizo un balance mental de las cosas que hacia de manera mecánica, sin pensar. Recordó, que siempre recorría la calle suya, en la misma dirección, y que cruzaba la acera por el mismo lugar, si no siempre casi siempre. Cuando se dio cuenta ya estaba echándose el bálsamo affter shave ese, o sea la loción de después del afeitado, se preguntó, que por que venia en ingles sí la marca era española, hecha en España, y comprada por españoles. _Deberíamos negarnos a comprar cosas extranjeras habiéndolas aquí en España. Reflexionó, le salió el lado patriótico..
La mañana estaba nublada y no sabia que hacer; si coger la cámara de fotos digital, si sacar al perro, o irse de compras. Cogió la cámara. Y desde aquel ángulo, en el que llevaba tiempo pensando, hizo las fotos a distintas alturas, a la escalinata ancha de hormigón de la plaza cercana a su casa. Recorrió las callas a discreción sin rumbo fijo, de un lado a otro, de aquí allí, pero no salía nada interesante, nada que pudiera ser susceptible de algo artístico. Aburrido, como lo debiera ser una manifestación de ostras y tan... no sabía explicarse, ¿triste? sí tal vez ésa fuera la palabra, triste, como el día, o como cuando nadie ha venido a tu fiesta. Extraña sensación de soledad que parecía gustarle en el fondo, ver si alguien le preguntaba que le pasaba, pero por otro lado se reprochaba, si no le daba vergüenza sentirse compasivo consigo mismo. ¡Otra vez estaba en la librería del Corte Ingles!, y ni siquiera fue consiente de ello, es mas, tenia entre sus manos un libro, una novela, de las que son económicas y de bolsillo. Trasteó entre las baldas, en la mesa amplia, donde antes residía el orden y ahora los volúmenes estaban por doquier. A la salida, notó como el guarda de seguridad le miraba, a él! que nunca fue capaz de robar ni un sacapuntas en el colegio, y eso que su economía (la de sus padres obviamente) era mas que precaria, y sacaba mina a sus lápices, con el cuchillo de cocina en su casa, paro no tener que verse en la situación de ver todos de la clase que no tenia sacapuntas, bueno ni cartabón, y por supuesto el compás, menos, pero ya eso lo poseía tan solo unos pocos. Al llegar a casa de nuevo, bajó el verde toldo del balcón, buscando fresco e intimidad, puso música, un cd de Bach "Concierto de Brandemburgo" uno de tantos conciertos, que según leyó alguna vez, era tan pródigo, en crear música, que conforme terminaba de escribir las partituras, se lo quitaban casi de las manos para ser orquestada. , y la recordó a ella, su pelo mojado por la ducha, como se secaba, el pelo con esa toalla roja, y de como se le veía radiante y sensual, casi bajo el marco de la puerta del cuarto de baño. Como se puso el tanga negro, sin quitarse la toalla que cubría su cuerpo, ciñéndolo al talle, tan solo se le vio escasamente, los muslos, hasta arriba y casi, solo casi, le pudo ver, algo del glúteo joven, que aún no llegaba a los treinta. Sin darse o cuenta, o tal vez sí, sintió que su pene se erectaba, sabia perfectamente, que terminaría masturbándose, no sería la primera vez, desde hacía semanas se masturbaba pensando en ella. Su mano izquierda acarició de manera leve y fugaz, su miembro, que parecía quisiera salir por encima del botón de la bragueta. Se levantó para cambiar de disco, necesitaba mas música, mas tiempo, y eligió a Rachmaninoff, sinfonía número uno. se volvió a tumbar, y rebuscó en su mente, en su memoria, aquella imagen, de su pelo mojado cayéndole por encima del hombro, levantando la rodilla para poder secarse las piernas, y esa luz lateral desde la izquierda, idónea para una fotografías mano derecha ya era dubitativa, se metió los dedos bajo el botón, y rebuscó, el glande que apretado entre la tela y su abdomen estaba preso, deseaba salir al aire, como un buceador de ostras, después de capturar algunas piezas, Desabrochó el pantalón, tiró hacia abajo con ambas manos, dejando el pantalón a medio muslo, una mano acariciaba sus testículos y la otra, refregaba el pene de abajo arriba despacio, con los ojos cerrados y envolviéndose, en aquella música. Recordó, que tenía varias fotos de ella en el PC portátil, como si de un resorte se trataba, salió del estampado y elitista diván, como disparado, lo puso sobre la mesita y lo encendió. No tardó mucho en hallar la tres fotografías de ella, desnuda y de espaldas sobre la cama, de rodillas con las piernas abiertas en el lecho, con su torso elevado y mirando atrás, al objetivo. Sus glúteos; redondeados, blanquecinos y una espalda fuerte y anchas, era lo captado por la cámara. Pulsó el modo diapositiva del Windows, y al ratito, reproducía las tres imágenes de ella, repetidas veces, como un bucle sin. Sus imágenes en la pantalla, ora tumbada mostrando casi toda su desnudez, tan solo cubierta por una un pico de la sabana en medio del pecho , y un trozo de pliego cayéndole hacia abajo, le cubría, medio muslo de una pierna, dando sombra al casi depilado triangulo. Ora tumbada boca abajo, sin sabana que le ocultara su desnuda, figura mostrando unos carnosos y duros glúteos, incitando a que él, la penetrara mentalmente en esa posición. ¡ummmm! se excitaba él imaginándose, tocar con sus dedos el ano y mojándoselo de saliva, para poseerla, estos pensamientos hizo que la mano que acariciaba su pene, acelerase sus movimientos de arriba abajo, y apretase el glande ,de vez en cuando resoplando con los ojos semicerrados. Se acercaba el momento de la eyaculación, y no quería que fuese tan rápido, deseaba que durase mas tiempo esa sensación de placer que iba “in crescendo“, pero poco podía ya retener la explosión del éxtasis, la velocidad de sus movimientos, aún fue en aumento, una pierna encima de la otra estiradas ambas rígidas, su otra mano, apretando sus huevos, sintió como descargaba el semen que a borbotones salía disparado salpicando incluso, su pecho y manchando de esperma la camisa. La mano que le daba el gusto meneando su miembro, estaba mojada del blanquecino y lechoso liquido, que corría hacia abajo. Hasta el botón de latón dorado del pantalón, se manchó, y seguía saliendo esperma a cada espasmo de placer, tiraba de la piel del pene hacia abajo dejándolo así, unos segundos para que, la cabeza roja e hinchada, de su viril pieza dejara salir todavía, un hilillo seminal, sintiendo placer mirándola a ella en las fotografías, que mostraba su pc en la pantalla una tras otra, repetidas incansablemente.
Ahora que tenía tiempo, no se le ocurría que hacer, ni siquiera de elegir una de esas cosas, que él anotaba en su lista mental, ¿para qué? _Arreglar la cinta de la persiana, no le apetecía, de todas formas, era mejor mandar colocar una nueva, pues ésta ya era vieja y desfasada. Mirar los discos de vinilos y tirar los que no merecían la pena ni para guardarlos como recuerdo, ¿de recuerdo? ¡buenoo! si empezamos así, no tiraría ninguno. ¡No!¡todos! había que tirarlos todos, sin penas ni sentimentalismos, eso lo único que hacia era estorbar, además, ¿donde se compra ya a estas alturas, una aguja para ese gira platos? si una vez te dio por buscarla en las tiendas, en muchas, y no la encontraste por ningún sitio, ¡ya está! entregaré todos esos libros que ya no me caben, o no me gustan, o son un tostón, ¿para que negarlo? eso, haré eso, los meteré en cajas y los llevaré a la Biblioteca Provincial o a la Municipal. Todos estos racionamientos, bullían en su cabeza. Fue rechazando una tras otra, las posibilidades de organizar el trabajo del día: lo de los discos no, había que buscarlos debajo de la cama del cuarto azul, que ya apenas se usaba. Además estaban embalados en cajas de cartón. ¡No! esa tampoco. la de los libros desde luego que nanai de la china, ¡vamos hombre! encima que le regalaba los libros tenía él, que ir cargado con los bultos, con lo que pesaba aquello. ¡Ya está! terminaría de repasar esa novela, creyó encontrar un motivo de entretenimiento. _Sí, eso haré, la novela que nunca se termina, y siempre que la leo y la releo, le encuentro que; o le sobran palabras o le falta algo.
Encendió su PC portátil, se sentó lo miró, esperó a que toda ese protocolo rutinario pasara de una puñetera vez, para poder comenzar a eliminar cosas, a vaciar la papelera virtual, escribir, a corregir, a volver a reescribir lo eliminado....Se quedó dormido mecido por la voz de María Callas, ella le cantaba a él el Ave María, que le sirvió de nana.

29/3/09

El subdito argentino


La cara del operario era, como de incredibilidad; lo que al principio parecía ser un muñeco, o un retortero de ropas, al borde de la carretera, era
en realidad un hombre. Un hombre muerto, en la cuneta. Sus piernas le temblaron desde ese momento sin poder controlarse, las rodillas flojas, no les respondían, quieto, casi paralizado. ¡A él!... ¿Pero
por que a él? ¿Le tenía que suceder esas cosas? Levantaba las manos, dando señales a su compañero, que desde la otra orilla de la carretera, avanzaba en la
misma dirección que él. Asperjaba las aguas de llúvia, no le veía, estaba de espaldas y más adelantado. Tenía prisa por acabar la taréa.Las aguas de los
chaparrones del mes de Febrero y sobre todo, las de la pasada semana, fueron lo suficiente como para dar problemas larvarios de mosquitos, estos insectos
tan típicos, como indeseados de la orografía onubense.Las horas de Sol de esos días, provocaban el suficiente calor, como para que la eclosión de las
puestas, y por tanto,la proliferación de las larvas de los culícidos, surgieran mas rápido de lo normal, debido al recalentamiento de la concavidad del
terreno, que proporcionaba esa hondonada a la largo de carretera. Al final, de muchos intentos, Antonio Jesús, acertó con silbarle, y le salió un débil y agudo, aunque escaso, sonido de entre sus labios.Rápidamente
se dió cuenta Juan Carlos, que algo serio pasaba. Se giró y se unió a él con pasos rápidos. _ ¡Otras, Pedrín! Un muerto, ¿y ahora que hacemos? _Pues llamar al capataz ¿no? O a la policía…o yo que sé, pero aquí, no lo vamos a dejar. Respondió Antonio Jesús Mirándole a los ojos, como
diciéndole, ¿eres tonto o qué? _ ¡Joder!… con la prisa que tenía yo hoy. Se quejó. _ ¿Y eso que tiene que ver? Se sorprendió de la inesperada salida de su compañero. Él era así, “cuando menos te lo esperas te suelta una patochá”
se dijo en sus adentros. _ ¡pues coño! Que un amigo mío, vio un accidente en la playa, de uno que, se clavó un arpón en la frente y la poli, lo tuvo allí, por lo menos tres
horas cogiendo datos, esperando al forense. Y ahora, no son ni las doce y media de la mañana. ¡Copón¡ _ Pero piensa…ver esto y no avisar a las autoridades es como un delito, y nos puede traer problemas más serios, que el hacer tus recados de todo
los días, ¡cojones! Decidieron llamar a su capataz a través del walkie, recogiendo las mochilas en el Citroën C 15, de color parecido al café con leche. Al cabo de
media hora, llegaba el capataz con ropaje más própio de los del National Geografic, que de un simple prospector contratado por meses. La motocicleta de
todo terreno, la segunda que le asignaron en menos de doce meses, hizo un brusco, quiebro sobre el alcen, el “Halcón milenario” como se le apodó, por
parte de los compañeros, acostumbraba a dar esas infantiles y gratuitas exhibiciones, ya se cargó una moto, antes de finalizar la campaña anterior, la
primera en la que el Servicio de control de mosquitos la puso en marcha. Pero no importaba mucho, eso lo pagaba el contribuyente.
Una hora y cuarto tardaron los policías en aparecer, pero tanto la nacional, como la municipal, aunque ellos, habían avisado sólo, a lo nacional. ¿
Como se enteraron los municipales de que había un cadáver allí? Los dos operarios y el capataz, atónitos, a lo que parecía una discusión entre policías, de
distintos cuerpo, por adjudicarse el caso del muerto en la cuneta. una surrealista escena própia del cine italiano, de finales del sesenta. _la polla en vinagre tío, esto es la polla en vinagre. Replicaba Juan Carlos. A sus compañeros, en voz baja. _ El título de esto se podría llamarse “Me debes un murto”. Sugirió Antonio Jesús, con burla, ante lo patético de la situación. A pesar de ser el mes de Marzo, ya hacía calor aunque, aun quedaría frió y lluvias por devenir.
En la avenida Italia, de la capital onubense, hacía calor, bastante calor, y el relój de la estación de ferrocarriles, curiosamente, marcaba bien la
hora: eran las cinco y veinte de la tarde. Los dos agentes del Juzgado de Instrucción y Primera instancia, número tres, bajaron del coche, que paró en la
esquína del edifício entre, esta avenída y la calle Rábida, donde la iglesia de La Milagrosa, permanecía encajonada, embalada en un sostén madera desde
hacía ya muños años, por amenaza de ruínas y dejando que se destruyera impasiblemente, así, un edificio tan emblemático, como hermoso, en una ciudad
de la que, precisamente carece de monumentos y edifícios de interés arquitectónicos. El vehículo que les dejó allí, prosiguió su camino. Los agentes llamaron a la puerta de aquel comedor social de la consejería de trabajo y Bienestar
social, perteneciente a la Junta de Andalucía, de estilo casi colonial y austero en sus líneas, de una sola planta y de blancas paredes,recordaba
perfectamente a la Huelva provinciána de hasta hace poco. Institución que regentaban unas religiosas. A dicha institución benéfica, heredera de la ya,
afortunadamente desaparecida, Auxilio Social, donde acudían a desayunar y almorzar los ingentes y personas desahuciadas de la sociedad. Fueron
atendidos por la hermana Consuelo Fernández, una de las encargadas. No puso reparo alguno. en acompañarles al deposito mortuório del hospital Infanta Elena de la capital. para que pudiera reconocer a una persona,
y que, según las noticias de la policía, tras unas llamadas de teléfono, y a raíz de la publicación de las fotografías en el “Huelva Información” del día anterior
correspondía, casi con seguridad; a uno de los usuarios de dicha entidad benéfica. La monja, una de las pocas personas que trabó amistad con el desdichado, contó que, lo que más le dolía del asunto era que, el pobre padeciera
una agonía tan larga y en soledad, _ Si hubiera sido recogido por alguien, estando aún con vida, quizás no se hubiera salvado, pero al menos, habría tenido la oportunidad, de morir
en una cama. Sus palabras salían desde lo más profundo de su convicción cristiana, élla, que estaba acostumbrada a ver el dolor, en el alma ajena. La
hermana Consuelo, no mostraba en su rostro sorpresa, al confirmar la identificación del cadáver, con los años, las monjas adquieren una especie de coraza
inmune a las tristezas diárias de esta vida. Pasillo abajo que la conducía al exterior, iba la religiosa seguida por los enviados del Juzgado número tres.
Según el informe médico forense, firmado por Don Torcuato Ezequiel, quien realizó la autópsia en su día al cadáver, se pudo constatar que, el
suceso ocurrió sobre las diez de la noche. Parecía ser que el cuerpo trás recibir el golpe, Cayó a la cuneta, lugar donde permaneció hasta que fue hallado
por los operarios del servicio de control de mosquitos de la Diputación Provincial, durante diez horas mantuvo una vida agonizante. El médico forense
calculó que la muerte, le sobrevino sobre las siete de la mañana, el cadáver del desgraciado identificado como, Abelardo Calixto Benítez, fue levantado por
el juez sobre las doce y media de la mañana.
Efectivamente; Las declaraciones realizadas por el hombre detenido esa misma tarde, por la Guardia Civil, presuntamente implicado en el
accidente, coincidía con los resultados del estudio forense. El suceso según se pudo constatar ocurrió sobre esa hora señalada, cuando J.M.H. circulaba en
su furgoneta por La Nacional 431, concretamente en el punto kilométrico 633,100. El conductor había declarado que se había apercibido de un golpe, y que detuvo el vehículo, pero no vió nada, decidiendo así, seguir su camino.La
hipótesis del atropello que fue la más barajada, desde un principio, como probable causa, a pesar de que no se contaba con testigos de los hechos, por los
alrededores del puente de La Nicoba. El juez encargado del caso, ordenó el ingreso en prisión de la persona detenida, en el presunto accidente, hasta que se aclararan los hechos. El
titular del Juzgado numero trés, encargó la investigación, sobre la muerte de este argentino, para que se consiguiera el total esclarecimiento del caso. Alberto Calixto Benítez, era, según las conclusión de la investigaciones, profesor de karate antes de llegar a España, y de eso hacía
aproximadamente seis años. Había ejercido ya esta profesión, en Málaga. Como no podía pagarse la vída con este trabajo, y no tener los papeles en regla se
acercó a Huelva. Por aquellas fechas el argentino, vivía en la calle Puerto, en una casa, concretamente, en el numero catorce, por que su propietária le había
brindado su hospitalidad, al observar ésta, que era una buena persona. Mendigaba a las puertas de las iglesias, y que se trataba de una persona
profundamente religiosa. Con el dinero que recibía, pagaba el alquiler de la pensión, había cambiado varias veces de hostales por no agradarle el ambiente _” Porque no las encontraba decentes, ni acordes con su religioso espíritu. En el último lugar que estuvo, si se encontró más contento con sus
convivientes. ”El súbdito argentino había sido una persona conocida en las calles céntricas de esta ciudad, y por las localidades cercanas a esta como San del
Puerto, Moguer o Trigueros. Últimamente era acosado por un grupo de jóvenes que se empeñaban en calificarlo, de homosexual, y en cámbio, ésto, no le
atemorizaba seguir con sus largos paseos, en los que él reflexionaba, a pesar de aconsejarles quienes le apreciaban que no anduviera solo. Él aludía que
sus conocimientos en las artes marciales, le preservaban de este tipo de personas y saldría victorioso. El informe era mas extenso, y burocrático como todos los que se abren trás una investigación, el juez titular no siguió leyendo lo cerró y a apiló
sobre su mesa, junto a otros pendientes. En el centro de trabajo, un amplio almacén desprovisto de vestuarios adecuados, para los casi la treintena de personas, que allí se congregaban
en horas determinadas, y ausente del mobiliário necesario para algo tan usual ,como sentarse para cambiarse de ropa de faenas. por no haber no había ni
asientos para los obreros.Tras el regreso de los trabajadores, de una jornada dura de asperjar aguas de lluvia, fumigar jardines, desbrozar caminos en las
marismas y cunetas, o de patearse kilómetros de espartinas, revisando las aguas de las anteriores mareas, llegaba el relajo y los corrillos de amíguetes,
siempre afines en sus tendencias. Estos grupitos se hacían a lo ancho de aquel almacén “prestado” por otro servicio ajeno al de ellos. Comentaban algunos, la crónica del cadáver de la Nicoba, que de nuevo salía en el periódico, pero que ese día daba buena y más amplia
información, sobre este suceso. Luís se acercó a Antonio Jesús, que colgaba la mochila y los botes de productos químicos aniquilantes de las larvas, o
quizás, no sola de ésta, a mas largo plazo tal vez hasta la de ellos. _ ¡Oye¡ me ha dicho el capataz que mañana nos vamos los dos juntos a La Ribera, porque Juan Carlos no viene. _ Si, así es, ha pedido el día de asuntos própios. Y bajando la voz, haciéndole un ademán, para que se acercara le espetó._no te apures que ya esta
todo hecho, solo hay que repasar la zona. Luís sonrió, y se marchó al vestuario en busca de su taquilla. ======================================== Desayunaron donde casi siempre, en el salón recreativo de la calle Isla Cristina. Luís buscaba entre el montón de los periódicos atrasados que los
camareros dejaban al lado de la puerta. Encontró Luís el que buscaba, el de ayer, del que hablaban sobre el caso del ingente argentino, se lo pidió a Lucas
sin balar con un ¡shsss! Y un sólo gesto alzando el brazo con el ejemplar en las la mano, para no vocearle desde esa distancia. Lúcas no tuvo reparo en
darle su aprobación, de todas formas: hoy o mañana se tirarían a la basura todos esos periódicos. Pago la cuenta Antonio Jesús como casi siémpre, y antes de montarse en el Renault, se aseguraron de que no les faltaban ni las mochilas, ni los
productos del remolque al descubierto, donde transportaban los enseres de las labores. _¡Quillo! te veo meditabundo, a penas has hablado hoy ¿haber, que te pasa? Llora sobre mi hombro, y desahógate. Bromeó Antonio Jesús. Luis, sacó un Ducados lo encendió y después de reírse, le respondió: _ Es por lo del hombre éste, que tanto hablamos, ¡que historia mas triste tío! _Pues venga léelo en voz alta y así, haber si nos enteramos, que es lo que pasó, uno está en la cárcel ¿no? Parece ser. _ sí ahora lo leemos, aquí cuenta con más detalles la historia.
_“Abelardo Calixto Benítez, era profesor de karate. Antes de llegar a Huelva, hace aproximadamente seis años, había ejercido esta profesión en
Málaga.”. Leía en voz alta el periódico Luís, mientras se desplazaban a la zona de trabajo que según el parte de hoy, respondía a La Ribera. _”actualmente, según comentó en varias ocasiones Consuelo Fernández, una de las monjas que atiende el comedor de la Junta, en la avenida de
Italia…” _O sea, que el tío, era karateca vaya, por eso te llamó a tí tanto la atención, yá, yá. ¡Sigue, sigue!…Espetó Antonio Jesús con algo de mas
curiosidad. _”…y gran amiga suya. No podía ganarse la vida con este trabajo, por no tener legalizada su estancia en España. Por esta razón, uno de sus
objetivos principales era, conseguir la legalización española. Luís dobló el periódico y seguía leyendo sin demasiado esfuerzo a pesar de los traqueteos del
viejo automóvil. “-…ya llevaba años suficientes para que le dieran los papeles…” _claro por eso mendigaba según oí decir a esta gente. _ Si al parecer optó por mendigar en las barriadas de Huelva. Pero sigamos con la lectura como en los tiempos antiguos,¡ja, ja! uno leía (el que
sabía, claro) y los otros les oían. Luís quiso teatralizar el momento, pero sin intentar ofender la memória del argentino. _”…todos los días se traslada hasta una de ellas, para solicitar ayuda de sus vecinos. Con lo que conseguía se iba costeando la pensión. Consuelo
Fernández ha calificado a Abelardo Calixto, como una persona, profundamente religiósa, casi un místico…” _ ¡Joder! Cada hay personaje deambulando por esta vida, que ya… ya… Luís siguió leyendo la crónica del periódico.”… diariamente se postraba delante de la Virgen para rezar. Se consideraba un gran pecador a pesar
de ser una buena persona…” _Esto lo esta diciendo la monja ¿no? _Si, así es. Respondió. Luís. Durante un buen trozo, no leyó en voz alta, y esto hizo qué, Antonio Jesús le diera un manotazo en el muslo. _ ¡Quillo! que me has dejado a medias, ¿esto es el intermedio? sigue…Y Luis prosiguió “… En relación con su ceguera, que padecía en uno de sus ojos, era que estaba pagando sus pecados, y cuando Dios considerara, que había
concluido su penitencia, volvería a ver…” _ desde luego tiene todos los ingredientes, de un personaje raro de novela de Valle Inclán. Respondió Luís a su compañero que seguía conducido
y advirtiéndole con gestos, que ya estaban llegando al lugar. _ Espera ya término sólo me queda este trocito de aquí. Señaló Luis con el dedo índice derecho a una parte de la última columna. _”…acostumbraba a dar largos paseos nocturnos porque decía que en ellos, se encontraba con el Creador. En uno que le llevaba a San Juan del
Puerto halló la muerte, como su vida estuvo rodeada por el misterio, fue difícil; diez horas transcurrieron hasta que se fue de forma definitiva…”
Con la bolsa de deportes al hombro, Luis salió del coche, en silencio parsimonioso. Antonio Jesús Seguía a Luis .Que también permanecía sin
hablar, delante del Renault se paró y señaló un lugar de la vaguada, _Aquí, más o menos aquí, estaba el cuerpo de ese pobre, Luis miró alrededor y buscando algo, bajó la cuneta y empezó a recoger algunas flores, pero solo algunas, como seleccionándolas, de las que
encontraba al paso. Flores silvestres, bravías que parecían hoy más bellas que ayer, y sin embargo eran las mismas y vulgares de siempre. Hizo un ramillete
surtido de esas flores, regresando tranquilo al lugar y cuando llegó, donde sus compañeros hallaron al súbdito argentino se agachó sacando un cinturón
color negro de karate, lo depositó ceremoniosamente en el suelo y le coloco unas piedras encima, como intentando así, que perdurara mucho tiempo
guardado, y encíma ,las flores ,coloristas, simples, y honestas de las cunetas. Durante todo ese ceremonial, Antonio Jesús, no habló, solo observó, en siléncio regresaron al coche, reanudando la marcha en sentido inverso.
A la memoria de A. C. B. Súbdito argentino.